lunes, 1 de junio de 2009


Recordatorio del señor Martin (1894)
Publicado en BT, p. 291s. Los textos del recordatorio de la muerte del señor Martin,
realizado a finales de 1894, fueron elegidos por Teresa y sus hermanas.

La estampa tiene un fina orla para enmarcar un retrato.

Aunque disponían de buenas fotografías de su padre, sus hijas prefirieron poner una reproducción de la Santa Faz de Tours, en una identificación bien significativa.

Transcribimos los textos bíblicos en el mismo orden en que aparecen en la imagen.

Las referencias han sido añadidas por los editores.


Gn 15,1 Ego sum merces tua magna nimis (Gn ,1).

Lc 24,26 ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?

(N.S. a los discípulos de Emaús).

Sal 30,21 Señor, escóndelo bajo el secreto de tu Faz.


Al dorso:


Sal 29,12 Cambiaste mi luto en danza me desataste el sayal y me has vestido de fiesta

(Sal XXX,12). Is 53,11 Veo el fruto de lo que he sufrido, y mi alma se ha saciado (Isaías).

Tb 12,13 Porque eras grato al Señor, la tribulación tenía que probarte (El ángel a Tobías).

Sb 3,5-6 ...El Señor lo recibió como sacrifico de holocausto, lo probó como oro en el crisol

y lo halló dignos de sí (Sabiduría).

Tb 13,17 Y tú te alegrarás en tus hijos, que serán bendecidos y se unirán al Señor (Tobías XIII,17).

Pr 20,7 El justo procede sin tacha, ¡felices sus hijos después de él! (Prov.).

Sal 17,26 Con el misericordioso, Señor, tú eres misericordioso, con el fiel tú eres fiel

(Sal XVII,26).Sal 17, Desde el cielo alargó la mano y me agarró, me sacó a 17.20.22 un lugar espacioso, me libró porque me amaba...,porque tuve presentes sus mandamientos y no me aparté de sus preceptos (Sal 17).

miércoles, 27 de mayo de 2009


De estatura mediana, de alegre mirada y de una expresión pura; con el pelo negro sencillamente recogido, su nariz larga y de línea graciosa, los ojos negros, a veces melancólicos; la joven ofrecía a todos una figura atrayente. Su estampa espejaba vivacidad, fuerza, amabilidad. De espíritu alegre y culto, de gran sentido práctico y de carácter íntegro y sobre todo, de fe intrépida, era Celia Guerin una joven magníficamente dotada, que debía imantar las miradas.
Una dama aristocrática, residente en París, la invitó a irse allí y se ofreció a presentarla en sociedad. La propuesta la hizo sonreir. No le seducía el exhibicionismo. Mas he aquí que la Providencia se ocupó de ello y por medio de una mujer preocupada en casar a su "virtuoso muchacho", demasiado prendado del celibato.
La mamá de Luis Martin no se resignaba a ver a Luis, que en breve iba a cumplir los 35 años, sepultado en la soledad piadosa del Puente Nuevo y del Pabellón. Le reprendía cariñosamente, sin que él, se conmoviera. En las salidas de sus ratos libres de la señora Martin, hubo de pasar al lado de la joven Celia Guerin y advertir sus cualidades rodeadas de tantos hechizos. ¿No era aquella la esposa soñada para su hijo?

Una intervención misteriosa facilitó el mutuo encuentro. Cierto día, que Celia atravesaba el Puente de San Leonardo, se cruzó con un hombre cuya noble fisonomía, porte reservado la impresionaron. Entonces una voz interior le decía secretamente: "Este es el hombre predestinado para ti". Discretamente se enteró de quién era y comenzó a conocer a Luis Martin.

Los dos jóvenes no tardaron en gustarse y se enamoraron enseguida. Después de tres meses del primer encuentro se comprometieron y el 13 de julio de 1858 sellaron su amor en santo matrimonio.

La boda se realizó en la espléndida iglesia de Nuestra Señora, a la media noche, en la mayor intimidad y sellada con tal destino iba aquella unión de la que había de nacer la Santa de Lisieux.

Los jóvenes esposos se instalaron en la casa de la calle del Puente Nuevo, la casa de los padres de Luis Martin. Celia trasladó su taller a la nueva casa. Allí vivirá muy cerca de los suyos, no separándola de la calle de San Blas sino un corto trayecto de la Grande-Rue.

Luis y Celia habían conversado acerca de su vida matrimonial. Luis, le confió sus deseos de vivir con ella al modo de la mártir Cecilia y Valeriano, convivencias plenamente fraternales en las que, trascendiendo el dominio de los sentidos, únicamente las almas se unen para ir a la par hacia Dios con todo el dinamismo de un amor divinamente purificado.

¿Tenía Celia los mismos puntos de vista que su esposo?. Desde que hubo de renunciar su esperanza de hacerse religiosa, se había despertado en ella un poderoso instinto de maternidad. Su ambición era un día ser madre de muchos hijos, la de santificarles y llevarles hasta Dios.

En esa época, siglo XIX, las jovenes se enteraban de las "cosas de la vida", por casualidad o por charlas con sus esposos. El conocimiento de Celia en este aspecto, del misterio de la vida, era muy incompleto.

En estas condiciones se comprende que un alma, limpia como el cristal, haya podido acercarse al matrimonio sin haber sido antes informada de todos los deberes y de todas las responsabilidades que lleva anejas.

La revelación total ocurrida en esta época provocó en Celia un espanto púdico antes las exigencias de la carne y le inclinó a corresponder a las aspiraciones de su marido.

Poco después de la boda, fueron de visita al convento donde se encontraba la hermana mayor de Celia.

Esta primera visita al monasterio, avivó en Celia la nostalgia del claustro y le hizo derramar lágrimas amargas. Así lo expresaba en una carta, años después a su hija Paulina:

"Puedo decirte que aquel día lloré todas mis lágrimas, más que cuanto había llorado en mi vida, hasta mi pobre hermana no sabía como consolarme. A pesar de todo no tuve pena de verme allí, no; al contrario, hubiera querido verme yo como ella; comparaba mi vida con la suya y se aumentaba mi llanto. En fin, durante mucho tiempo estuve en espíritu y con mi corazón en la Visitación; con frecuencia iba a ver a mi hermana y reinaba allí una serenidad y una paz que no sabría expresar.¿Piensas, Paulina mía, tú que tanto amas a tu padre, que le revelé mi aflicción y llegué a entristecerle el día de nuestro desposorio? Pues no; él me comprendía y me consolaba cuanto podía, porque tenía aspiraciones semejantes a las mías; aun creo que nuestro recíproco sentimiento se aumentó por esto, nuestros afectos vibraban siempre al unísono y se portó siempre conmigo como un consolador y un apoyo"

sábado, 23 de mayo de 2009

De Luis y de Celia ...

«¡PORQUE CREO!»

Luis Martin nació en Burdeos el 22 de agosto de 1823, segundo hijo de una familia de cinco hermanos. Su padre, militar de carrera, se encuentra por esa época en España; los primeros años de infancia de los hermanos Martin transcurren a merced de las guarniciones de su padre: Burdeos, Aviñón y Estrasburgo (Francia). Llegada su jubilación, en diciembre de 1830, el capitán Martin se establece en Alençon, en Normandía. Durante su actividad de militar había destacado por su piedad ejemplar. En una ocasión, al decirle el capellán de su regimiento que, entre la tropa, se extrañaban de que, durante la Misa, permaneciera tanto tiempo de rodillas después de la consagración, él respondió sin pestañear: «¡Dígales que es porque creo!».

Tanto en el seno de su familia como con los Hermanos de las Escuelas Cristianas, Luis recibe una fuerte educación religiosa. Al contrario de la tradición familiar, no escoge el oficio de las armas, sino el de relojero, que casa mejor con su temperamento meditabundo y silencioso, y con su gran habilidad manual. Primeramente aprende el oficio en Rennes y, luego, en Estrasburgo.

En el umbral del otoño de 1845, Luis toma la decisión de entregarse por completo a Dios, por lo que se encamina al Hospicio de San Bernardo el Grande, en el corazón de los Alpes, donde los canónigos consagran su vida a la oración y a rescatar a los viajeros perdidos en la montaña. Se presenta ante el prior, quien le insta a que regrese a su casa a fin de completar sus estudios de latín antes de un eventual ingreso en el noviciado. Tras una infructuosa tentativa de incorporación tardía al estudio, Luis, muy a pesar suyo, renuncia a su proyecto. Para perfeccionar su instrucción, se marcha a París, regresando e instalándose a continuación en Alençon, donde vive con sus padres. Lleva una vida tan ordenada que sus amigos dicen : «Luis es un santo».

Tantas son sus ocupaciones que Luis ni siquiera piensa en el matrimonio. A su madre le preocupa, pero en la escuela de encajes, donde ella asiste a clase, se fija en una joven, hábil y de buenos modales. ¿Y si fuera la «perla» que ella desea para su hijo? Aquella joven es Celia Guérin, nacida en Gandelain, en el departamento de Orne (Normandía), el 23 de diciembre de 1831, la segunda de tres hermanos. Tanto el padre como la madre son de familia profundamente cristiana. En septiembre de 1844 se instalan en Alençon, donde las dos hermanas mayores reciben una esmerada educación en el internado de las Religiosas del Sagrado Corazón de Picpus.

Celia piensa en la vida religiosa, al igual que su hermana mayor, que llegará a ser sor María Dositea en la Visitación de Le Mans. Pero la superiora de las Hijas de la Caridad, a quien Celia solicita su ingreso, le responde sin titubear que no es ésa la voluntad de Dios. La joven se inclina ante tan categórica afirmación, aunque no sin tristeza. Pero un hermoso optimismo sobrenatural la hace exclamar: «Dios mío, accederé al estado de matrimonio para cumplir con tu santa voluntad. Te ruego, pues, que me concedas muchos hijos y que se consagren a ti». Celia entra entonces en una escuela de encajes con objeto de perfeccionarse en la confección del punto de Alençon,

técnica de encaje especialmente célebre. El 8 de diciembre de 1851, festividad de la Inmaculada Concepción, tiene una inspiración: «Debes fabricar punto de Alençon». A partir de ese momento se instala por su cuenta.

Un día, al cruzarse con un joven de noble fisonomía, de semblante reservado y de dignos modales, se siente fuertemente impresionada, y una voz interior le dice: «Este es quien he elegido para ti». Pronto se entera de su identidad; se trata de Luis Martin. En poco tiempo los dos jóvenes llegan a apreciarse y a amarse, y el entendimiento es tan rápido que contraen matrimonio el 13 de julio de 1858, tres meses después de su primer encuentro. Luis y su esposa se proponen vivir como hermano y hermana, siguiendo el ejemplo de San José y de la Virgen María. Diez meses de vida en común en total continencia hacen que sus almas se fundan en una intensa comunión espiritual, pero una prudente intervención de su confesor y el deseo de proporcionar hijos al Señor les mueven a interrumpir aquella santa experiencia. Celia escribirá más tarde a su hija Paulina: «Sentía el deseo de tener muchos hijos y educarlos para el Cielo». En menos de trece años tendrán nueve hijos, y su amor será hermoso y fecundo.


jueves, 14 de mayo de 2009

Hogar y Escuela...


En la casa familiar de los Martin-Guerin, la educacion del alma va a completar la generacion del cuerpo.Dar la vida natural es lo de menos, se trata por encima de todo de de engendrar y formar hijos de Dios!!


El epistolario de Dª Celia Guerin de Martin revela en el mas alto grado esta preocupacion pedagogica. Al niño no se le considera como un juguete o diversion, ni como una fiera que se doma, por no haber sabido domesticarla. El niño es un deposito recibido de las manos del Creador: es preciso servirle, educándole y no desconfiar de lograr su grandeza.

La plegaria rezada en cada uno de los naciminetos de esta amorosa mamá, evidencia la jerarquia del ideal..." ¡Señor! que sea para Vos. Llévalo antes de consentir que se pierda"...

Se trata de formar cristianos y santos!

martes, 12 de mayo de 2009

LA NIÑA CELIA ...


Celia tenia una complexion delicada, estuvo de continuo enferma entre los 7 y los 12 años, sufrio el martirio de incesantes jaquecas que atenazaban su cabeza, no se sabe si encontró en su hogar todas las delicadezas y atenciones que su sensibilidad desearia en su interior, motivada por los dolores fisicos...
El Sr Guerin era muy bueno y de recto sentido cristiano, pero tambien muy rigido, a fuerza de sus actitudes militares, aún así, se sabe que amaba mucho a sus hijas.
El sufrimiento lo sintio Celia de parte de su madre. Mujer de fe propicia a trasladar los montes, pero carecia del don de los educadores genuinos, y esta carencia la conducia, a pesar de su verdadera ternura maternal, a chocar con un alma de excepcional delicadeza como la de Celia.


La niña se crio privada un poco de las caricias infantiles.
Quien habia de acunar, vestir y cuidar con tanto amor a sus nueve hijitos,
no conocio como otras niñas de su edad, el cariño de agradar a su mamá.
"Mi infancia y mi juventud, fueron tristes como un sudario -Escribiria algun dia en una carta a su hermano- porque si mi madre te mimaba, para conmigo, tú lo sabes, se hubo demasiado severa; con ser ella tan buena, no supo trarame, por lo que yo tambien sufria en mi interior"


jueves, 30 de abril de 2009

MATRIMONIO MARTIN...una aureola para dos!


Los trabajos referentes a la posible beatificación de los esposos Luis y Celia Martin datan de 1957. Pero hace tiempo que esposos y familias han ido recibiendo favores por su intercesión. Evidentemente, ellos no son beatificados por haber engendrado a "la mayor santa de los tiempos modernos" en palabras de Pío X, sino porque cada uno de ellos ha vivido el Evangelio lo más plenamente que se puede.


Fue el Papa Juan Pablo II quien unió la causa de beatificación de los esposos Martín, declarándolos venerables en 1994.
Sólo faltaba un milagro, que se produjo en Milán, en 2002: la curación de un bebé de modo inexplicable y por intercesión de los esposos Martín. ...
El Papa Benedicto XVI ha firmado la autorización a la beatificación en julio del 2008.


En la pequeña villa de Alençon, Louis Martin era joyero-relojero y Zélie, nacida Guérin, era encajera, del famoso punto de Alençon. Fervientes cristianos, de una caridad concreta y efectiva, tuvieron nueve hijos. La mortalidad infantil, muy elevada durante finales del siglo XIX les arrebató 4 de ellos, entre los cuales los dos chicos. Trabajaron duro para dotar a sus cinco hijas.
La última de sus hijas, Teresa, nació cuando Celia tenía 41 años y fue alimentada por la nodriza Rosa de Semaillé.El cáncer de pecho, acompañado de grandes sufrimientos, llevó al otro mundo a Celia cuando Teresa sólo tenía 4 años y medio. Esto fue el 28 de agosto de 1877. Pero Teresa pudo recordar sus primeros años llenos de amor y alegrías familiares.


Toda la familia sufrió enormemente la pérdida de la madre, pero especialmente Teresa, a quien le costó diez años reponerse de ella.Viudo con cinco hijas menores de edad, Louis Martin hizo el sacrificio de trasladarse a Lisieux, para educar a sus hijas con la ayuda de sus cuñados, el matrimonio formado por el farmacéutico Isidoro Guérin y su esposa Celina.


Louis vivió 17 años más y también conoció la "pasión" de una enfermedad que se prolongó unos seis años. Él había consentido a las vocaciones religiosas de sus cinco hijas.

Esta familia corriente no lo era en realidad.

Había vivido lo que Teresa en 1897 en la poesía nº 54 expresa así:

Amar es darlo todo y darse a sí mismo....

viernes, 3 de abril de 2009

EL DINAMISMO QUE DA EL AMOR

El gran dinamismo de Luis Martin no recuerda en nada
a aquel «dulce soñador», como se le ha descrito a veces.

Para ayudar a Celia, que se encuentra desbordada por el éxito de su empresa
de encajes, abandona la relojería.
El encaje se trabaja en piezas de 15 a 20 centímetros,
empleándose hilos de lino de una gran calidad y de una finura extrema.

Una vez ejecutado el «trazo», el «pedazo» pasa de mano en mano según
el número de puntos de que se compone – existen nueve, que constituyen
otras tantas especialidades.

A continuación se procede a su encajadura, una delicada labor
que se consigue mediante agujas e hilos cada vez más finos.

Es la propia Celia quien une de manera invisible las piezas que le traen
las encajeras que trabajan a domicilio.
Pero hay que buscar salidas para el producto,
y Luis destaca en el aspecto comercial
y hace que aumenten considerablemente
los beneficios de la empresa.
Sin embargo, también sabe encontrar momentos de descanso y de ir a pescar.

Además, los esposos Martin
forman parte de varias asociaciones piadosas:
Orden Tercera de San Francisco, adoración nocturna, etc.
La fuerza que necesitan la obtienen de la observancia amorosa
de las prescripciones y de los consejos de la Iglesia:
ayunos, abstinencias, Misa diaria y confesión frecuente.

«La fuerza de Dios es mucho más poderosa que vuestras dificultades
– escribe el Papa Juan Pablo II a las familias. La eficacia del sacramento de la Reconciliación es inmensamente mayor que el mal que actúa en el mundo... Incomparablemente mayor es, sobre todo, el poder de la Eucaristía...
En este sacramento, Cristo se entrega a sí mismo como alimento y como bebida, como fuente de poder salvífico... La vida que de Él procede es para vosotros, queridos esposos, padres y familias. Recordad que instituyó la Eucaristía en un contexto familiar, en el transcurso de la Última Cena... Y las palabras que entonces pronunció conservan todo el poder y la sabiduría del sacrificio de la Cruz»