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sábado, 29 de enero de 2011


En las primeras páginas de su infancia Teresa recuerda: "Dios me concedió el favor de abrir mi inteligencia a una edad temprana y de la impronta recuerdos de la niñez profundamente en mi memoria. Jesús en su amor, quería, que yo supiera la madre sin igual que Él me había dado, pero que su mano se apresuró a la corona en el Cielo. "

Santa Teresa tenía sólo 4 años y medio cuando murió su madre, pero ella la recordaba con claridad para el resto de su vida, ella reconoció la influencia que tenía en ella durante los primeros años y recordó en particular los detalles de su enfermedad y sus últimas semanas en la tierra .

sábado, 30 de octubre de 2010

Los esposos Martin experimentan la verdad del respeto a la vida al recibir a sus numerosos hijos: «No vivíamos sino para nuestros hijos; eran toda nuestra felicidad y solamente la encontrábamos en ellos», escribirá Celia.

domingo, 19 de septiembre de 2010


Cuando estaba por concebir a la que sería un día Sta Teresita del Niño Jesús, doctora de la Iglesia, Celia ya tenía 41 años, y las amistades aconsejaban no arriesgar tener otros hijos, porque su propia salud estaba muy minada. Pero esta pareja había aprendido tiempo atrás que la Providencia de Dios, si da más trabajo, ...da también las fuerzas para cumplir cabalmente lo que Dios pide de uno. Dice Celia: " Cuando medito (...) que en ese Dios he depositado toda mi confianza y he puesto en sus manos el cuidado de todos mis asuntos, tanto míos como de mi marido, no puedo dudar de que su divina Providencia mira con especial cuidado a sus hijos".

domingo, 8 de agosto de 2010

Celia...


Nacida el 23 de diciembre de 1831 en Gandelain, en el Orne, María Celia Guerin era una mujer inteligente y una trabajadora infatigable.

Había desado ser religiosa, pero la superiora de l’Hotel-Dieu de Alençon la había desanimado claramente.

Decepcionada, aprende el oficio de encajera. Destaca en él tan rápidamente que, a los veinte años, se instala por su cuenta en la calle San Blas.

Trabaja, al principio, con su hermana mayor, María Luisa Dositea que pronto la abandonará par entrar en el monasterio de la Visitación de Le Mans. Sor María Dositea será, toda su vida, la consejera espiritual de Celia así como de su joven hermano, Isidoro Guerin, el niño mimado de la familia.

La encajera manejaba tan bien la pluma como la aguja. De manera muy viva le cuenta a su hermana visitandina, después a sus hijas mayores, pensionistas en Le Mans con su tía, los pequeños detalles de su vida cotidiana. Gracias a esta correspondencia conocemos detalles hermosos de la infancia de Teresa.

lunes, 2 de marzo de 2009

NOSTALGIA DE CELIA


Esta primera visita al monasterio, avivó en Celia la nostalgia del claustro y le hizo derramar lágrimas amargas. Así lo expresaba en una carta, años después a su hija Paulina:

"Puedo decirte que aquel día lloré todas mis lágrimas, más que cuanto había llorado en mi vida, hasta mi pobre hermana no sabía como consolarme. A pesar de todo no tuve pena de verme allí, no; al contrario, hubiera querido verme yo como ella; comparaba mi vida con la suya y se aumentaba mi llanto. En fin, durante mucho tiempo estuve en espíritu y con mi corazón en la Visitación; con frecuencia iba a ver a mi hermana y reinaba allí una serenidad y una paz que no sabría expresar.
¿Piensas, Paulina mía, tú que tanto amas a tu padre, que le revelé mi aflicción y llegué a entristecerle el día de nuestro desposorio? Pues no; él me comprendía y me consolaba cuanto podía, porque tenía aspiraciones semejantes a las mías; aun creo que nuestro recíproco sentimiento se aumentó por esto, nuestros afectos vibraban siempre al unísono y se portó siempre conmigo como un consolador y un apoyo"


lunes, 8 de diciembre de 2008

FRUTOS DURADEROS



Del manantial eucarístico, Celia obtiene una energía superior a la media de las mujeres, y su esposo una ternura superior a la media de los hombres.

Luis gestiona la economía y consiente de buen grado ante las peticiones de su esposa: «En cuanto al retiro de María en la Visitación, escribe Celia a Paulina, sabes que a papá no le gusta nada separarse de vosotras, y había dicho primero formalmente que no iría...

María se estaba quejando de ello y yo le dije:

«Déjalo de mi cuenta; siempre consigo lo que quiero, sin forzar demasiado; todavía falta un mes; es suficiente para convencer diez veces a tu padre».

No me equivocaba, pues apenas una hora después, cuando regresó, se puso a hablar amistosamente con tu hermana (María)... «Bien, me dije, este es el momento oportuno», e hice una insinuación al respecto.

«¿Así que deseas de verdad ir a ese retiro?», dijo papá a María: «Sí, papá. – ¡Pues bien, puedes ir!»...

Creo que yo tenía una buena razón para que María fuera a aquel retiro. Si bien suponía un gasto, el dinero no es nada cuando se trata de la santificación de un alma; y el año pasado María regresó completamente transformada. Los frutos todavía duran, aunque ya es hora de que renueve su provisión».


Los retiros espirituales producen frutos de conversión y de santificación, porque, bajo el efecto de su dinamismo, el alma, dócil a las iluminaciones y a los movimientos del Espíritu Santo, se purifica siempre más de los pecados y practica las virtudes, imitando al modelo absoluto que es Jesucristo, para conseguir una unión más íntima con él. Por eso dijo el Papa Pablo VI:

«La fidelidad a los ejercicios anuales en un medio apartado asegura el progreso del alma». Entre todos los métodos de ejercicios espirituales «existe uno que obtuvo la completa y reiterada aprobación de la Sede Apostólica... el método de San Ignacio de Loyola, de quien Nos complace llamar Maestro especializado en ejercicios espirituales» (Pío XI, Encíclica Mens Nostra).
La vida profundamente cristiana de los esposos Martin se abre naturalmente a la caridad para con el prójimo: limosnas discretas a las familias necesitadas, a las que se unen sus hijas, según su edad; asistencia a los enfermos, etc.

No tienen miedo de luchar justamente para reconfortar a los oprimidos. Así mismo, realizan juntos las gestiones necesarias para que un indigente pueda entrar en el hospicio, cuando éste no tiene derecho al no tener suficiente edad para ello. Son servicios que sobrepasan los límites de la parroquia y que dan testimonio de un gran espíritu misionero: espléndidas ofrendas anuales para la Propagación de la Fe, participación en la construcción de una iglesia en Canadá, etc.


Pero la intensa felicidad familiar de los Martin no debía durar demasiado tiempo. A partir de 1865, Celia se percata de la presencia de un tumor maligno en el pecho, surgido después de una caída contra el borde de un mueble. Tanto su hermano, que es farmacéutico, como su marido no le conceden demasiada importancia; pero a finales de 1876 el mal se manifiesta y el diagnóstico es concluyente: «tumor fibroso no operable» a causa de su avanzado estado.

Celia lo afronta hasta el final con toda valentía; consciente del vacío que supondrá su desaparición, le pide a su cuñada, la señora Guérin, que, después de su muerte, ayude a su marido en la educación de los más pequeños.


Su muerte acontece el 28 de agosto de 1877. Para Luis, de 54 años de edad, supone un abatimiento, una profunda llaga que sólo se cerrará en el Cielo. Pero lo acepta todo, con un espíritu de fe ejemplar y con la convicción de que su «santa esposa» está en el Cielo. Y cumplirá con la labor que había empezado en la armonía de un amor intachable: la educación de sus cinco hijas. Para ello, escribe Teresita, «aquel corazón tierno de papá había añadido al amor que ya poseía un amor realmente maternal».

La señora Guérin se ofrece para ayudar a la familia Martin, invitando a su cuñado a trasladar su hogar a Lisieux. Para aquellas pequeñas huérfanas, la farmacia de su marido será su segunda casa y la intimidad que une a ambas familias crecerá con las mismas tradiciones de sencillez, labor y rectitud. A pesar de los recuerdos y de las fieles amistades que podrían retenerlo en Alençon, Luis se decide a sacrificarlo todo y a mudarse a Lisieux.


Basado en la carta espiritual de la Abadía San José de Clairval : Luis y Celia Martin